miércoles, 17 de agosto de 2011

Premonición (IX): El último eslabón


Indice de capítulos:


(I) Antes del ataque
(II) Las cartas y el viaje de Xisela
(III) El secreto de familia
(IV) Un juego arriesgado
(V) Confiando en un enemigo
(VI) ¿Un encuentro casual?
(VII) Buscando respuestas
(VIII) Un giro del destino





-¡De acuerdo! – dijo Eldwin sintiéndose pillado por su desliz – os debo una explicación. Pero deberéis esperar a que estemos fuera de la ciudad. Ahora lo más importante es ponernos a salvo y no tenemos mucho tiempo. Tendréis que confiar en mí.

Desde que se habían sentado los cinco en la mesa, Yuri no había dejado de observar la entrada, escrutando el rostro de todos los que accedían a la terraza de la cafetería. Parecía estar esperando a alguien.

domingo, 14 de agosto de 2011

Los herederos de la Tierra (VIII)

¿Por qué me duele el corazón?


Hay veces que me duele el corazón, ese dolor, generalmente diluido entre tantas alegrías que la vida me ofrece y yo disfruto.

Pero cuando mis ojos y mis oídos no entienden las ostentaciones de quienes pregonan la pobreza como camino, quienes sermonean desde púlpitos de oro la bendición de ayudar a los necesitados, de ser compasivos y solidarios con quienes menos tienen; y luego, gastan millones para ver a un solo hombre; entonces me duele el corazón.

Pero no me duele por quienes gastan, por quienes figuran, por quienes mienten para seguir ostentando el poder que su condición humana les ofreció en vida y que nada significa en la vida eterna que anhelan; me duele el corazón por los que siguen quedando fuera de esa salvación comprada con una hipocresía dorada, por los que siguen muriendo de hambre cada minuto, por los que siguen enfermos y sin esperanzas, por los que son descuartizados en las guerras olvidadas, ahogadas sus súplicas de justicia entre sangre y dolor, por todos los olvidados, proscritos de fe o de condición, de ideología o género.


Porque sé, de lo poco que sé, que si Dios existe, estaría con ellos, sufriendo, sangrando y muriendo; sin entender, sin esperar ser salvado por los que creen creer en Él.



Foto: Cardones. Tomada prestada* de la web oficial del  Patronato de Turismo de Furerteventura
* El préstamo de este material lo hago sin autorización de su titular. No pretendo dañar ningún derecho reconocido a sus autores y si estos consideran que no deben figurar en este blog, ruego me lo notifiquen a fin de retirarlos a la mayor brevedad posible.

viernes, 5 de agosto de 2011

H E L I O S (2º parte)

1º parte


Zoen había notado el nerviosismo de la comandante, lo que no dejaba de ser un hecho inusual. Llevaba cinco años a las órdenes de aquella mujer y jamás se percató de tal desasosiego en su mirada.

-¡Derive toda la potencia disponible a los deflectores gravitatorios, quiero un descenso suave y controlado! – le ordenó al navegante -. Bajen las protecciones de todas las escotillas y del puente de mando, pasamos a navegación espectral.

Zoen cumplió las órdenes con presteza. Por experiencia sabía que estaban en la fase más delicada de la inmersión solar. La temperatura exterior había subido en las últimas semanas desde los –270 ºC (cerca del cero absoluto) a casi 6.000 ºC de la superficie del Sol. Pero lo más delicado eran los cambios bruscos de presión y magnetismo provocados por las manchas solares; de no ser por los escudos, hace tiempo que el Fénix hubiera quedado destrozado como un avioncito de papel dentro de un huracán.

-¿Está ya despierto Helios? – preguntó la comandante al oficial médico.

-Sí señora, hace una hora que salió del letargo y se esta preparando para ajustarse el traje en cuanto usted de la orden.

-Bien, que lo haga ya y espere en la cámara de expulsión mi señal para el último preparativo. Dígale que bajaré personalmente a desearle buena suerte.

Nadie en la tripulación, a excepción de la comandante, conocía a Helios. Solo sabían que era un civil que se había ofrecido voluntario para probar un nuevo traje espacial (aun experimental) que se suponía era capaz de soportar la brutal presión y temperatura del centro del sol. Subió a bordo justo antes de partir de la estación. Permaneció en aislamiento durante el despegue e inmediatamente después fue sometido a letargo, algo muy extraño para un viaje tan corto. Los pocos que lo habían visto no supieron decir si era hombre o mujer, era tal su apariencia y complexión andrógina. Y por supuesto su nombre no era el real, se le había asignado para esta misión.

De repente la nave fue sacudida violentamente por un fuerte impacto. El ordenador central disparó todas las alarmas y puso en funcionamiento el protocolo de combate.

-¡Zoen! – gritó la comandante -, ¿qué demonios ha sucedido?.

-Estoy comprobándolo, señora – titubeó el navegante a la vez que verificaba frenético los datos de su consola de vuelo -. Sé que parece imposible mi comandante, pero creo que hemos sido alcanzados por una explosión solar.

-¡Presten todos atención! – pidió, esforzándose por trasmitir calma con la entonación de su voz –, quiero un examen de daños de inmediato. Piloto, detenga la inmersión hasta nueva orden.

Helios refunfuñó al saber que la comandante había ordenado que se pusiera el traje, esperaba no tener que hacerlo hasta el último momento pero no podía hacer otra cosa más que obedecer; los que pagaban no eran personas a las que se les pudieran dar excusas. Sin embargo, no era por dinero por lo que estaba arriesgando la vida en aquella misión. Antes de aceptar, pidió dos condiciones:

-Si tengo que estar un año de mi vida en esa lata de sardinas – dijo a aquellos hombres uniformados – quiero pasarlo en letargo, no deseo enterarme de nada. Además necesito una conexión sináptica permanente y sin restricciones a la red de información planetaria.

Aún no se creía que hubieran accedido a sus peticiones, sobre todo a la conexión sináptica, que era tremendamente cara a aquella distancia de la Tierra. Pero esto último le permitió, en los momentos más lúcidos de su sustentación vital, entretenerse en su pasatiempo favorito: la búsqueda de archivos fotográficos en la arcaica red de comunicación global, conocida también como Internet.

La pasada noche había encontrado fragmentos de una campanilla dorada. – Es preciosa – pensó mientras rebuscaba más y más para completarla todo lo que fuera posible. Aquel hobby tenía mucho de arqueología digital. – Estas bitácoras llamadas blogs son una maravilla, encuentras verdaderos tesoros en ellos – se dijo observando una última vez la fotografía que estaba sobre su reproductor, antes de dirigirse a la escotilla de expulsión enfundado en aquel extraño traje espacial.


Foto: Tomada del blog "Paradela de Coles". Autora: María Jesús