miércoles, 30 de octubre de 2013

El conjuro maldito

Participación en el proyectos de Adictos a la escritura del mes de octubre. Temática del mes: "Horror"

Hubo un tiempo, ahora perdido en el abismo de la memoria, donde El Señor de la Oscuridad caminaba entre los vivos, esclavizando sus almas y susurrando palabras de poder a sus siervos más fervientes; palabras que, con el transcurrir de los años, se convirtieron en temidos conjuros de magia negra. Y uno fue, de entre estos, tan potente  y horrendo, que incluso aquellos grandes nigromantes de la edad oscura temieron pronunciarlo.

Las leyendas hablaban de libros “negros”, recopilatorios de estos conjuros y hechizos, escritos con sangre sobre hojas de piel (ambas humanas). Pero estas historias son falsas. Por razones obvias, todas las palabras de poder se compartían únicamente de forma oral, más o menos voluntariamente, entre maestro y aprendiz.

—Escucha atentamente porque no lo repetiré —le indicó el gran brujo con severidad—. Lo poderoso no son las palabras, sino cómo se utilizan. El dueño de nuestras almas condenadas, aquel cuyo nombre no debe pronunciarse, nos reveló algunos pocos arcanos; secuencias de letras que, colocadas en un conjuro de forma precisa y en el un orden inalterable, otorgan poderes oscuros a quienes las recitan. Hasta ahora solamente has aprendido los versos más sencillos que contenían una, a lo sumo dos, de estas secuencias. Ahora…

—Quiere decir que únicamente conocemos algunas letras de…—el aprendiz enmudeció súbitamente al contemplar la mirada de ira que le clavaba el gran brujo.

—Si vuelves a interrumpirme…, —dijo conteniendo el odio que sentía— rebanaré tu asquerosa garganta y brindaré con tu sangre mientras me deleito viendo como te desangras.

Sin saber de donde había salido, aquel incauto sintió la presión afilada de un cuchillo en su yugular. Tras unos segundos que le parecieron eternos, la daga desapareció tan velozmente como había surgido, dejando, como prueba de su presencia, un pequeño corte por el brotó un fino hilito carmesí.

—Ahora —continuó el brujo como si nada hubiera ocurrido— deberás pasar una prueba. Estás preparado —mentía— para uno de los más potentes: ¡El conjuro maldito!

El aprendiz experimento un miedo atroz pero no se atrevió a pronunciar ninguna queja. Había oído hablar de aquel conjuro y de sus consecuencias. Pocos eran los que sobrevivían y, los que lo habían logrado, se convirtieron en despojos humanos perdidos en el laberinto de la demencia. De hecho, el solo conocía a un brujo que lo dominara: su maestro.

—No debes tener miedo —volvió a mentirle—. Yo soy capaz de soportarlo un minuto completo; a ti solo te pediré que lo hagas durante diez segundos y luego…, —sonrió con maldad— utilizaremos el antídoto.

El gran brujo acercó sus labios al oído derecho de su atemorizado aprendiz y susurro:

—Repite después de mí y memoriza. Ya sabes que nunca te enseñaré dos veces el mismo conjuro.

(Abstente de leer lo que sigue. No puedo asegurar que mi inspiración esté libre de una influencia melévola)

Padre nuestro,
que estas en el infierno,
condenado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la Tierra como en el Infierno.

Danos hoy nuestro odio de cada día;
castiga nuestras ofensas,
como también nosotros castigamos
a los que nos ofenden;
déjanos caer siempre  en la tentación,

y concédenos el mal.

El gran maestro no estaba preparado para aquel tormento, nunca podría estarlo. En aquel transito poseía un poder casi ilimitado y tan solo debía tener la mente lo suficientemente lúcida como para que su deseo se cumpliera; pero el demonio que le otorgaba este anhelo exigía un precio muy elevado: mientras duraba el conjuro devoraba en vida su alma inmortal. Solo cinco segundos y no lo pudo soportar más. 

Buscaba el agua bendita para rociar su cuerpo y terminar con aquello cuando El Mal dejó, súbitamente, de consumirlo. Aquel demonio que conocía tan bien se retorcía, sorprendentemente aterrado, a sus pies. Y por primera vez le habló:

—¡Ese estúpido ha tartamudeado! —se lamentó como un niño asustado.

El brujo comprendió que se refería a su aprendiz. En la tregua que le permitía su ahora irreconocible demonio, pudo fijar su atención sobre la masa retorcida del cuerpo que yacía muerto a escasos pasos de él. Lo habían “secado” como a un insecto sorbido por un arácnido. No había visto nada igual en toda su vida.

—¿Qué ha sucedido? —le preguntó al demonio que, para su desgracia, parecía haberse recuperado del miedo que le atenazaba.

 —Ese torpe tartamudo debe estar ya a las puertas del infierno —gruñó al tiempo que se abalanzaba nuevamente sobre el gran brujo—. ¡Y que se pudra allí toda la eternidad como castigo por haber invocado a uno de los señores antiguos!

—¡Los señores antiguos! —pensó mientras volvía a sentir aquel insoportable tormento—. Jamás creí que pudieran existir.

Los señores antiguos eran unos, mal llamados, demonios. Tan antiguos como el mundo y tan poderosos que ni el mismísimo Señor de Las Tinieblas podía controlar. No era de extrañar que un demonio menor como el que conjuraba el brujo le horrorizara su sola presencia.

—¿Y a donde ha ido? —acertó a preguntar con su mente cada vez más nublada por la locura.

—Ha usado el poder de esa alma para proyectarse hacia el futuro y susurrar el conjuro modificado que lo invoca en la mente de un aprendiz de las letras.

El gran brujo sabía que si un “señor antiguo” conseguía entrar en este mundo, la raza humana desaparecería y, el futuro reino de su señor sería imposible. Solo podía hacer una cosa: matar al “aprendiz de las letras” antes de que pudiera transmitir la invocación. Tenía poder para viajar al futuro pero, para tener éxito, debía conocer una única cosa:


—¡Dime su nombre! ¡Dime el nombre del aprendiz! —le chilló. Y con sus últimas fuerzas se roció con el agua bendita.

El horroroso dolor desapareció al instante pero..., su mente..., su mente nunca volvería a ser la misma. Había dejado de ser un gran brujo para convertirse en un pelele idiotizado y demente. Y en su brazo ardería para siempre una quemadura; cuatro letras que el demonio le dejo como respuesta a su última petición:

IBSO

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martes, 22 de octubre de 2013

Inspiración fotográfica

He comentado en alguna ocasión que en este mundo virtual de los blog´s se puede encontrar la inspiración en el más inesperado "clic" del ratón. Comentarios, fotos, concursos, frases, reflexiones..., y un largo etc, que voy encontrando me sirven de acicate para hacer mis pinitos con las palabras (además de aprender un montonazo). Por ello, cuando navego por este universo, siempre tengo ese sentimiento de gratitud hacia todos aquellos que tan generosamente abren su casa (aunque sea virtualmente) y te invitan amablemente a conversar un ratito.

Y como muestra un botón: María, del blog "Algo más que palabras", publicó hace dos días un post donde nos invitaba a ponerle texto a dos fotografía tomadas por ella misma. Esto es lo que salió.

¡Muchas gracias, María!


Tañen las campanas

Por la angosta senda ceñida de pinos,
solo el frío y el llanto acompañan,
tan triste y lúgubre amaneció la mañana
que ni alegrar pueden los pájaros, con sus trinos.

Aún dolientes repican las campanas,
a muerto tocan y tristes nos llaman,
su quejido al viento desparraman,
como nuestras lágrimas, ya ancianas.

Sobre hombros negros la caja blanca,
pequeña urna para el inmaculado cuerpo,
insufrible dolor por tan joven muerto,
que al cortejo entero, el corazón arranca.
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Damned gas lamp

—¡Maldita sea, Benito! —le gritó el alcalde—. Hemos pagado mil euros por cada farola y no nos devuelven el dinero. Los “bristish” me lo dejaron bien clarito: un año de garantía. ¡Mierda de antiguallas!

—Sí, Juanito, pero no debiste meterlas dos años entericos en el almacén sin probarlas primero. ¡Vamos, digo yo!

—¡Y una mierda! Las otras tres funcionan, ¿no? Tú eres el responsable de mantenimiento así que te las ingenias como pueas y la arreglas. ¡Que estoy harto del cachondeo, Benito! ¡Que ya esta bien, coño! Un año en esa esquina y esta mierda no ha encendido ni una sola noche. Que los de Villacambá de Abajo me llaman “John off”. ¡Que esto es mucho pitorreo, cuñaoo!

—Mira que te lo dije, ¿quién te manda a tirarte el peo más grande que el culo? Anda que no hay farolas de gas en la capitá y va tú a comprarlas nada más y nada menos que ¡a Londres! ¡Y a mil euracos por farolita!

—¡Bueno, ya basta! Agua pasaa no mueve molinos. Ahora tenemos que encender esa farola aunque sea metiéndole un zippo por el culo. ¿La has desmontao completita?

—Pues sí y… no te vas a creer lo que he encontrao.

Y antes de que el alcalde pudiera preguntar por aquello que le había llamado tanto la atención a su cuñado, Benito se abrió el mono azul de trabajo y sacó un enorme cuchillo que clavó sobre el escritorio de madera.

—¡Mierda, Benito! ¡Que susto me has pegao, cacho zopenco! Me has destrozao la mesa de caoba del abuelo Casimiro, ¡mira que eres animal! ¿Se “pué” saber donde has encontrao exaitamente ese peazo sable?

 —Pues ya te lo dije, dentro de esa chatarra de farola. Estaba clavaita justo en el conducto del gas. No me extraña que no encendiera. Y da gracias a que nadie a fumao cerca, que si no, los fuegos artificiales del santo Cristolomeo lo hubiéramos tenio este año frente al ayuntamiento.

—Vale y…, ¿ya enciende?

—Si pero…, ¿no te sorprende lo del cuchillo?

—Mira Benito, a mí lo único que me importa ahorita mismo es que ese condenada farolita prenda esta noche y la gente deje de mofarse de mí.

—Lo primero garantizao, cuñaoo; lo otro lo tienes más chungo, ¡me parece a mí!

—Dime una cosita, Benito: ¿por qué gracia divina no te he pegado una patada en el culo con el finiquito metio como un suputitorio? ¡Me cago en tus muelas!

—Pues pos que va a se, ¡señó alcalde!, que si usted me larga la patá, mi hermana la corta mismamente los humildes.

Y riendo a carcajadas salió Benito del despacho dejando al alcalde rojo de ira y mascullando entre dientes.

Cuando “John Off” se hubo serenado, se percató que en el mango del cuchillo, que su “estimado cuñado” había incrustado en su queridísimo escritorio, había algo grabado:

¡Jack the Ripper! —murmuro— Ripper…, ripper… —intentó recordar—. ¡Ah, si! ¡Destri... pador! ¡JACK EL DESTRIPADOR!

Las cuatro farolas de gas del ayuntamiento de Villareita de Arriba se prendieron esa misma noche y, aunque la “reparada” brillaba menos y con una luz más rojiza que las demás, funcionaba bien.

Dos noches más tarde apareció el primer muerto…, muerto usea asesinao, como diría Benito.

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miércoles, 9 de octubre de 2013

El coleccionista de sueños (reedición)

Elizabeth limpiaba la casa del Sr. Guerra sin la prisa habitual, hoy podía entretenerse charlando más que de costumbre. Su hijo tenía excursión con el colegio y no regresaba hasta las seis.

—¡Ahhh...chissssss!

—¡Salud, Elizabeth! ¿No estarás otra ves con la alergia, verdad?

—No lo creo Sr. Guerra, seguramente es un poco de resfriado que he pillado en ese cuartucho al que mi casero llama piso semi-nuevo.

—Ten cuidado con esa caja, ya sabes que es mágica —le sonrió con un guiño de ojo— Y llámame Jonay que no soy tan viejo y nos conocemos desde hace tiempo.

domingo, 6 de octubre de 2013

Sin palabras

No tengo ningún ídolo pero, de tenerlo, se parecería mucho a este chico.
Nota: parar la música del blog arriba a la izquierda

martes, 1 de octubre de 2013

Oidos que ven, ojos que escuchan.

Siempre hubo voces que le susurraban. Ella hacía como que no las oía porque aprendió desde muy pequeña a no preguntar a nadie por ellas; nadie más podía escucharlas y la trataban como si estuviera loca. 

Él creció con aquellas formas que parecían solidificar el etéreo aire que le rodeaba, intangibles visiones de un mundo cuyo existencia le dolía en lo más profundo de su ser.

Ella era ciega de nacimiento, él quedo sordo tras un accidente, aún siendo niño. 


Cuando se conocieron... su universo entero cobró sentido.


Fotografía tomada prestada del blog "FOTOARTE Cristina Faleroni".
Autor: FREDERIK DUNN