viernes, 28 de marzo de 2014

Juventud, bendita juventud


Participación en el proyectos de Adictos a la escritura del mes de marzo. Temática del mes: "El desafío" 

El proyecto de este mes en Adictos a la escritura tenía dos fases. En la primera los participantes debían escribir una pequeña escena de no más de cien palabras. Tras crear parejas y intercambiarse las escenas, la segunda fase consistía en crear un relato siendo fieles a la escena inicial. Mi pareja para este reto literario es AnnSP, y esta es su escena inicial: 

A pesar de que el sol se había alzado hacía unas horas, el edificio aún seguía oscuro y frío como en la madrugada, desafiando al astro rey, que reinaba en todas partes menos en la Casa. La Casa, con mayúscula, porque el edificio de una planta, abandonado a merced del tiempo y el olvido, no se dejaba olvidar. Nadie sabía con certeza, un día los dueños estaban, al siguiente se fueron llevándose todas sus pertenecías. Menos la Casa. Nadie volvió por ella. Pasaron los años y el tiempo la fue masticando, pero jamás pudo tragarla.

 
Yashin conocía bien aquel edificio, de pequeño había jugado en el jardín de aquella casa abandonada situada a las afueras de su pequeño pueblo. Tenía fama entre los niños de estar habitada por fantasmas y sus amigos se retaban los unos a los otros, probando su valor, a ver quien se atrevía a entrar en ella y pasar la noche bajo su techo. Con el transcurrir del tiempo el temor dio paso a la curiosidad. Muchos fueron los intentos de penetrar en los misterios  de la vetusta mansión, intentos que siempre acabaron en fracaso; La Casa, además de estar cerrada a cal y canto, parecía protegida por una fuerza misteriosa que producía un extraño malestar en todo aquel que la tocara: los dolores de cabeza, los mareos y hasta una debilidad extrema fueron algunos de las dolencias que sufrieron Yashin y sus camaradas en cada una de sus incursiones.

Había pasado sesenta años desde que la viera por última vez. Ninguno de los que conocía entonces vivía ya. Sin familia, sin amigos, sin nadie que le recordara; sin darse cuenta se había convertido en una especie de fantasma cuyo pasado solo existía en sus recuerdos y cuyo futuro se le antojaba cada vez más incierto.


viernes, 7 de marzo de 2014

Gaia tiene miedo



Gaia tiene miedo, «miedo a los “mostuos”» como dice ella. Algunas noches, la niña se levanta de madrugada y se mete en nuestra cama sollozando. Otras, se despierta tan asustada que apenas es capaz de articular las palabras necesarias para llamarnos a gritos.

Gaia tiene miedo y nosotros, sus padres, la consolamos e intentamos des-creerla: «Los monstruos no existen, mi amor, son solo fruto de tu imaginación», le repetimos como en una letanía aprendida hace ya tanto tiempo de nuestros propios progenitores. Pero Gaia no termina de convencerse. Aún es muy pequeña para diferenciar lo que es real de lo que es imaginado o, quizás, nosotros seamos demasiado cobardes para decirle la verdad.

No nos gusta mentirle a nuestra hija, esa mentira que creímos cuando éramos pequeños; que nuestros propios padres nos contaban para tratar de que los terrores a los monstruos quedaran solamente en las pesadillas que se producían cuando dormíamos.

Pero la verdad siempre termina por aflorar, cuando creces, cuando el amor paternal deja de inventar ese mundo de fantasía.

Y la verdad, la terrible verdad es que… los monstruos si existen y son muy reales.

Pero no creáis que son fáciles de reconocer: los monstruos reales se parecen a nosotros, de hecho, no se diferencian a simple vista de cualquier otro ser humano. Podrían ser padres, podrían ser hermanos o hijos, nietos o sobrinos; incluso, puede, que los monstruos tengan miedo a los monstruos, igual que nosotros. Y lo más terrorífico es que… para otros… también nosotros podemos ser monstruos.

Gaia tiene miedo a los “mostuos” y nosotros, sus padres, tenemos miedo a que sufra en un mundo monstruoso, un mundo construido o permitido por padres y madres, por abuelos y abuelas, generación tras generación.

ibso